miércoles, 21 de diciembre de 2011

Dos mil once. No te califico

Este año fue la onda.
Viajé, reí, bailé, regresé a lo que me gusta, me alejé de un psicópata, me despedí con ternura y tristeza de un chico particular y continué con despedidas. También con reencuentros. En esta ocasión no haré ningún top ten de lo mejor y de lo peor. En general, haberme despojado de estos giros sin completar, uno de los cuales me llevó a la náusea, me permitieron levantarme para retomar el ritmo, mover los hombros, sacudir la cadera y el corazón.

Y aprendí a colocar mi nombre. Creo que funcionó. Pregúntenle a mis amigos y mi par de triunfos que ellos saben, a mi nuevo color de cabello, a la fiesta de la revista Esquire con sus modelos, mirreyes , pregúntenle al nuevo (ce gars qui aime the smiths et qui m'ai invitée à dancer, je me souviens de ce tourne. Maintenant il m'envoie les textes le plus douces) a mi presentación del taller como esposa que regala pavos asados y a mi clase de baile en la que mi improvisación gustó a la maestra.

Las aventuras continúan, más constantes que nunca. Me alegra haber abandonado aquel escritorio.

Tal como diría mi adorado Temperley:

Soy feliz. Me han sacado del mundo.




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